Una de las tantas cuestiones que quedaron afuera de aquella Historia de la CF fue la manifestación del género en la Argentina. La trayectoria descripta en el librito corresponde a la expresión industrial global de la ciencia ficción. Ahora no vamos a meternos con el consabido resumen de lo que hicieron o aludieron creadores del siglo XIX (Holmberg) y del siglo XX (Bioy, Gandolfo, Gorodischer), sino que vamos a ocuparnos de la relación de la CF con la llamada nueva literatura argentina.
En la historia de la literatura argentina es difícil sistematizar un diagnóstico, porque la CF nunca logró consolidarse, pese a que tuvo y tiene muchos adeptos y a que incluso escritores reconocidos la ensayaron. Con la nueva narrativa, la escena apenas ha cambiado. Más allá de algunas incursiones esporádicas y de unos pocos cultores consecuentes, entre los escritores de hasta cuarenta años la CF pervive como un horizonte imaginario siempre latente pero al que nunca se arriba (ni se desea arribar), como un rastro ocasional aunque no infrecuente, una aparición que rompe con la monotonía del realismo. Pero si en los textos de la generación de escritores nacidos en los '70 y '80, tomados en conjunto, no hay un desarrollo explícito del género, en muchos escritos sí hay un repertorio de recursos que remiten a la ciencia ficción, como la irrupción del desvío fantástico, la relación de otros mundos posibles, casi siempre apocalípticos, distopías o ucronías (las utopías hace rato que fueron desterradas), con reminiscencias paródicas, la emergencia de simulacros, la fundación mítica de tiempos alternativos, de un ritmo vertiginosamente alucinado, la omnipresencia de la vigilancia y el control... Pensamos, para unos pocos nombres, en Pedro Mairal, Hernán Vanoli, algo de Félix Bruzzone, Samanta Schweblin o -forzando el vínculo para destacar a un escritor muy interesante- en Pablo Katchadjian.
Si bien se trata
de recursos de diversa procedencia y ninguno de ellos caracterizó
por sí solo al género, éste, al configurarse, supo reunirlos y
conjugarlos como atributos de su identidad. Es a través de la
ciencia ficción que estos recursos llegan a la nueva narrativa y
ahora, en una suerte de reversión, son desmenuzados y recuperados. A
diferencia de la ciencia ficción clásica, pero así como ocurre en
las expresiones que se pueden atribuir a la última etapa del género,
en los textos de esta generación no suele haber ni maquinaciones
tecnológicas ni justificaciones científicas. Tampoco el intento de
imaginar futuros distantes, una perspectiva que parece obturada. En
cambio, en la particular exploración de estos recursos se pueden
leer otros modos de interpretar pasado y presente, el terror no tan
lejano y sus secuelas, la existencia fantasmagórica de los años
neoliberales, las nuevas modalidades de vivir y morir durante el
estallido social, la poscrisis y una actualidad siempre inestable; y
también, en ciertos casos, una acuciante atemporalidad.
Entre los motivos
de la pervivencia de este legado de la ciencia ficción acaso se
pueda pensar, tentativamente, en que se trata de la primera
generación que puede desembarazarse de la culpa y permitirse, aunque
sea en forma incidental, subvertir el realismo. Fuera del campo de lo
legible quedan hoy, además, las implicancias de una singularidad,
una mediación respecto de las nuevas tecnologías dominantes que
opera sobre estos escritores: la generación de los nacidos entre los
'70 y '80 es la última que consumió ciencia ficción, la última
que pudo leer de Verne y Wells a Dick, Gibson y Priest antes de haber
experimentado su propia conexión a la red informática, antes de
haber presenciado el diseño de seres vivos.