viernes, 22 de junio de 2012

Las huellas del género: hoy y acá


  Una de las tantas cuestiones que quedaron afuera de aquella Historia de la CF fue la manifestación del género en la Argentina. La trayectoria descripta en el librito corresponde a la expresión industrial global de la ciencia ficción. Ahora no vamos a meternos con el consabido resumen de lo que hicieron o aludieron creadores del siglo XIX (Holmberg) y del siglo XX (Bioy, Gandolfo, Gorodischer), sino que vamos a ocuparnos de la relación de la  CF con la llamada nueva literatura argentina.
  En la historia de la literatura argentina es difícil sistematizar un diagnóstico, porque la CF nunca logró consolidarse, pese a que tuvo y tiene muchos adeptos y a que incluso escritores reconocidos la ensayaron. Con la nueva narrativa, la escena apenas ha cambiado. Más allá de algunas incursiones esporádicas y de unos pocos cultores consecuentes, entre los escritores de hasta cuarenta años la CF pervive como un horizonte imaginario siempre latente pero al que nunca se arriba (ni se desea arribar), como un rastro ocasional aunque no infrecuente, una aparición que rompe con la monotonía del realismo. Pero si en los textos de la generación de escritores nacidos en los '70 y '80, tomados en conjunto, no hay un desarrollo explícito del género, en muchos escritos sí hay un repertorio de recursos que remiten a la ciencia ficción, como la irrupción del desvío fantástico, la relación de otros mundos posibles, casi siempre apocalípticos, distopías o ucronías (las utopías hace rato que fueron desterradas), con reminiscencias paródicas, la emergencia de simulacros, la fundación mítica de tiempos alternativos, de un ritmo vertiginosamente alucinado, la omnipresencia de la vigilancia y el control... Pensamos, para unos pocos nombres, en Pedro Mairal, Hernán Vanoli, algo de Félix Bruzzone, Samanta Schweblin o -forzando el vínculo para destacar a un escritor muy interesante- en Pablo Katchadjian.
   Si bien se trata de recursos de diversa procedencia y ninguno de ellos caracterizó por sí solo al género, éste, al configurarse, supo reunirlos y conjugarlos como atributos de su identidad. Es a través de la ciencia ficción que estos recursos llegan a la nueva narrativa y ahora, en una suerte de reversión, son desmenuzados y recuperados. A diferencia de la ciencia ficción clásica, pero así como ocurre en las expresiones que se pueden atribuir a la última etapa del género, en los textos de esta generación no suele haber ni maquinaciones tecnológicas ni justificaciones científicas. Tampoco el intento de imaginar futuros distantes, una perspectiva que parece obturada. En cambio, en la particular exploración de estos recursos se pueden leer otros modos de interpretar pasado y presente, el terror no tan lejano y sus secuelas, la existencia fantasmagórica de los años neoliberales, las nuevas modalidades de vivir y morir durante el estallido social, la poscrisis y una actualidad siempre inestable; y también, en ciertos casos, una acuciante atemporalidad.
   Entre los motivos de la pervivencia de este legado de la ciencia ficción acaso se pueda pensar, tentativamente, en que se trata de la primera generación que puede desembarazarse de la culpa y permitirse, aunque sea en forma incidental, subvertir el realismo. Fuera del campo de lo legible quedan hoy, además, las implicancias de una singularidad, una mediación respecto de las nuevas tecnologías dominantes que opera sobre estos escritores: la generación de los nacidos entre los '70 y '80 es la última que consumió ciencia ficción, la última que pudo leer de Verne y Wells a Dick, Gibson y Priest antes de haber experimentado su propia conexión a la red informática, antes de haber presenciado el diseño de seres vivos.