viernes, 20 de julio de 2012

Del monstruo al robot


Vamos ahora a remontarnos hacie el pasado de la CF. La obra que de alguna manera inaugura el género es Frankenstein, de Mary Shelley, publicada en 1818. El credo subyacente al texto es explicitado por la autora en el prefacio, fechado en 1817: “El hecho que fundamenta esta narración imaginaria -comienza- ha sido considerado por el doctor Darwin y por otros escritores científicos (“physiological writers” en el original) alemanes como perteneciente, hasta cierto punto, al campo de lo posible. No deseo que pueda creerse que me adhiero por completo a esta hipótesis; sin embargo, al basar mi narración sobre este punto de partida, no pienso haber creado, tan sólo, un encadenamiento de hechos terroríficos concernientes por entero al orden sobrenatural” (edición castellana de Bruguera, 1984).
Como se sabe, Frankenstein no es el monstruo, la criatura artificial, sino el doctor que lo construyó uniendo retazos de cadáveres. En la novela el supuesto fundamento científico aparece claramente esbozado en el relato del doctor Frankenstein: "Sin duda algún milagro posibilitó mi descubrimiento, pero las etapas que recorrí en mi investigación fueron determinadas sistemáticamente y siempre estuvieron situadas dentro de lo verosímil. Tras jornadas enteras de inimaginable trabajo, había logrado, al precio de una fatiga insoportable, penetrar en los secretos de la generación y de la vida… Era ya posible para mí dar vida a una materia inerte”.
Pero nunca aparece dentro de la novela la parafernalia de instrumentos y aparatos eléctricos que suele asociarse a la creación del monstruo Frankenstein: eso no surge del texto literario, sino de sus muchas adaptaciones cinematográficas. Es decir, la novela no explica el procedimiento con que se dio vida al monstruo: el saber generador de “un extraordinario poder” aparece vinculado al secreto. Isaac Asimov señaló que “los tejidos muertos resucitados de Shelley se basaban en el descubrimiento que había hecho veinte años antes el anatomista italiano Luigi Galvani, de que una descarga eléctrica hacía a los músculos muertos contraerse como si estuvieran vivos”. Como dice en el prefacio, la influencia habría llegado a ella a través de la obra de Erasmo Darwin, abuelo de Charles, quien sostenía que por medio de la galvanización podía dar vida a cuerpos inertes.
La única alusión a la electricidad como fuente de vida figura en el prólogo. En la novela apenas se sugiere la fascinación del doctor Frankenstein con la tormenta. Si bien es durante una noche borrascosa que cobra vida la criatura, la relación entre uno y otro hecho no se explicita en el texto. La imagen de un rayo transmutado en energía vital proviene de las posteriores adaptaciones cinematográficas de la obra. El primer film basado en la novela es de 1910 y, si bien fue producido por la Edison Kinetogram Company, la creación del monstruo se produce en una tinaja hirviente, a la manera de la vieja alquimia. Es la segunda versión, dirigida por James Whale en 1931, la que introduce la famosa y replicada escena del laboratorio abierto a la noche para absorber los rayos del cielo y darle vida a un ensamblado de cadáveres. En el imaginario colectivo -no así en la novela- el monstruo es animado por la energía eléctrica proveniente de la naturaleza, a través de la captación y la transmisión de la descarga del rayo. Este añadido a la versión original denuncia la recuperación del relato en el siglo XX y su inserción en el linaje naciente de los robots.

sábado, 7 de julio de 2012

Entrevista a S. Lem

Vuelvo con otra entrevista, esta al gran Stanislaw Lem, ya fallecido. Es interesante su visión sobre la nueva literatura fantástica y su relectura del proceso que vivió la CF (se publicó en el diario español El Mundo)


Entrevista a Stanislaw Lem
El último genio de la ciencia ficción rompe su silencio

Desde que se publicaron sus últimos libros en España, a mediados de los 80, un vacío perfecto (por emplear el título de uno de sus libros) ha rodeado la figura de Stanislaw Lem, uno de los pilares indiscutibles de la literatura fantástica. Un vacío apenas resquebrajado con el estreno de la última adaptación de Solaris, una película hollywoodiense ñoña y empalagosa que, en realidad, tiene muy poco que ver con la novela que parasita. Hoy, a sus ochenta y tres años, con una docena de obras maestras a sus espaldas, Lem es mucho más que un viejo demiurgo de la ciencia-fición: es uno de los más grandes y originales escritores vivos, una verdadera reserva intelectual de Europa. El Cultural ha conversado con él, a la vez que la Fundación Tápies dedica una exposición a Suturas y fragmentos: cuerpos y territorios de la ciencia-ficción, rompiendo el larguísimo silencio del mítico autor polaco.

Volcado prácticamente en el ensayo desde finales de los ochenta, Lem no ha dejado de escribir libros donde constantemente hurga, experimenta y amplía los límites del género. Libros como Provocación, reseña ficticia de la obra de un antropólogo alemán, también ficticio, que vindica el Holocausto (“La Solución Final como forma de redención” reza uno de los escalofriantes trabajos de Aspernicus). Libros como El castillo, un texto autobiográfico donde relata, entre otras cosas, su afición infantil por fabricar certificados y pasaportes de países imaginarios, y su buceo incansable por los manuales anatómicos de su padre.

Médico, psicólogo, profesor de literatura, miembro fundador de la Sociedad Polaca de Astronáutica, dueño de una cultura vastísima y de un sentido del humor impagable, Stanislaw Lem es un escritor único. Ningún poeta ha cantado como él la soledad del hombre en el vacío trémulo de las estrellas. A comienzos de los sesenta publicó una fabulosa tacada de novelas que lo colocaron de golpe a la cabeza de la literatura fantástica: Edén, Solaris, Retorno de las estrellas, Memorias encontradas en una bañera, El invencible.

Hoy confiesa que se siente solo, trabajando “en su propia galaxia”, sobrepasado ya por una realidad extraña que le resulta más asombrosa que cualquiera de sus ficciones. Durante su juventud Lem sufrió la realidad aterradora de la invasión alemana, él y su familia escaparon de milagro del gueto de Lvov, casi todos sus amigos terminaron sus días en los hornos de gas de Belzec. Y después de la guerra soportó estoicamente la pálida sombra del comunismo que heló Polonia durante décadas. Lem se defendió de aquellas pesadillas mediante la ficción, realista primero, fantástica después.

Yo recordaba todo eso al estrechar la mano, frágil y pequeña, del anciano que nos recibía en el rellano de una casa de madera de dos pisos, en las afueras de Cracovia. Acababa de salir del hospital la semana anterior. De hecho, sus primeras palabras, después del saludo, aludieron a su reciente enfermedad: “¿Saben? La semana pasada todos pensaban que me iba a morir. Yo también, pero era una sensación muy agradable, sin dolor, no dolía nada...”.

Lem nos invita a pasar a un acogedor despacho donde un gran ventanal se extiende hacia el crepúsculo y la lenta danza de los copos de nieve. A su lado, sólo torres de libros, y en la casa, la compañía de cuatro pequeños perros que merodean a sus anchas por las habitaciones, bajo la sombra solícita de su esposa, Barbara. Durante unos instantes pierdo pie, me encuentro flotando dentro de uno de sus libros, en un pasaje en el que Ijon Tichy (el pícaro cosmonauta de Diarios de las estrellas) fuese a visitar a un sabio sideral en una remota ciudad nevada. Lem sonríe, entrelazando las manos sobre el regazo, y la reminiscencia se esfuma. Delante de mí hay un anciano pequeño, fatigado, que sigue escrutando el mundo a través de sus gafas. Pero los gruesos cristales no pueden ocultar el brillo, ni la bondad, que despiden sus grandes ojos translúcidos.

De la realidad al cosmos
–Su primera novela, El hospital de la transfiguración, es una obra realista, ambientada en la Polonia invadida, en la que unos médicos intentan salvar a los enfermos mentales de un hospital de una más que segura ejecución a manos de los nazis. ¿Qué le hizo abandonar el realismo, la ficción realista, en favor de la literatura fantástica?
–No sé, simplemente el camino de mi vida lo decidió así, yo no lo había planeado. Por lo visto, ésas eran las inclinaciones que tenía, así eran mis capacidades. No quería dedicarme a la literatura política, porque escribía en los peores tiempos del estalinismo, pero tampoco lo había pensado para escaparme de la realidad al cosmos. Salió así...

–Su última novela publicada hasta la fecha es Fiasco, hace ya casi veinte años. ¿Ha abandonado definitivamente la ficción?
–Sí, hace trece años que no escribo ficción.

–¿Por qué?
–Durante el estado de sitio en Polonia fui con mi familia a Viena. Allí todavía seguía escribiendo, pero cuando volvimos a Polonia, a la Polonia independiente –eso fue hacia el año 89 ó 90– la literatura fantástica simplemente me dejó de interesar, ya que la realidad misma me pareció bastante interesante. Ya no era tan estéril, tan vacía, tan falsa y tan totalitaria como antes. Todavía sigo escribiendo, artículos para varias revistas, ahora lo hago más bien como observador, comparto mis reflexiones respecto al mundo contemporáneo comparándolo también con los tiempos de la guerra en Polonia. Creo que los tiempos que estamos viviendo ahora son tan tormentosos que ya no vale la pena dedicarse a la ciencia-ficción, porque esto ya es ciencia-ficción.

–¿Qué piensa sobre los vuelos a Marte?
–Es un proyecto político, dictado por el deseo de Bush de repetir la maniobra de Kennedy cuando apoyó los viajes a la Luna. Lo que quiere conseguir Bush es garantizarse la victoria en las elecciones para el segundo mandato, cree que así se cubrirá de gloria y será famoso en Estados Unidos y en todo el mundo. Sabemos que hasta ahora sólo una de cada cuatro misiones al Marte, sin tripulación, llegaba a realizarse: tres de cada cuatro fracasaban. Si los americanos piensan volar hacia Marte por cien mil millones de dólares, teniendo en cuenta esas inevitables averías, tendrán que disponer de cuatro veces esa cantidad, y el Congreso seguramente no lo permitirá. Además, allí en Marte no hay nada interesante: es un desierto, sin aire ni agua. Así que se trata de un proyecto puramente político que sólo sirve para ganar fondos con vistas al próximo mandato de Bush.

–¿Y la guerra en Iraq?
–En mi opinión, había que acabar con la dictadura de Sadam Hussein, pero los costes resultan inabarcables, inaceptables. Se dice que es más fácil subir a un tigre que bajar de él.

–Gran parte de su producción literaria tiene un profundo sentido del humor. ¿Cómo se le ocurrió introducir un elemento tan alejado, en principio, de las convenciones del género?
–Yo, sobre todo, escribía sobre cosas terribles, espantosas, virulentas, así que había que suavizarlo de alguna manera, mejorar el sabor. Lo que me sorprende ahora, por ejemplo, es que cuando leo la literatura joven polaca –la que me mandan a mi casa en paquetes grandes– a los jóvenes escritores de veinte, treinta años, no les encuentro nada de humor. Todo lo que escriben es tan tremendamente serio... Por lo visto, cuando uno es joven siente la necesidad de mostrarse muy serio.

–En los Diarios de las estrellas hay burlas encubiertas contra el sistema comunista, y otros críticos han visto también una sátira del capitalismo en Congreso de futurología.
–Sí, hay mucho de eso. Pero la principal dificultad consiste en escribir de tal manera que los libros no se mueran cuando se mueren los sistemas. Sin duda hay muchas cosas en mi obra que sí han sobrevivido a esos choques tremendos, como la caí- da del comunismo. Ahora la Unión Europea ha producido también profundos cambios en la cultura polaca y europea. Pero si la mayor parte de mis libros han conseguido sobrevivir, eso no ha sido porque yo lo hubiera planeado de antemano. Yo simplemente escribía como podía. Cuando los libros son capaces de sobrevivir al cambio radical del sistema eso quiere decir que hay en ellos algo que sobrepasa la crítica política, algo que alude al hombre.

Visiones del futuro
–Usted, como polaco y como judío, ha vivido y padecido las peores pesadillas utópicas del siglo XX: el nazismo, el comunismo. ¿Cómo ve el futuro próximo, los próximos años bajo la égida del capitalismo?
–Nadie sabe cómo va a ser el futuro. De momento, podemos observar que en el mundo cada vez se le da más importancia al Este. China, por ejemplo, va convirtiéndose en un centro importante que podría competir con los Estados Unidos. Luego tenemos los problemas que supone la cada vez mayor nuclearización del mundo; son procesos que ya no se puede parar, no se pueden tapar. Por ejemplo, los americanos ya no pueden salir de Iraq. Sin embargo, eso no predice el camino que pueda seguir el capitalismo, puesto que hay muchos capitalismos. Incluso en China se está cultivando una especie de capitalismo de un solo partido.

Influencias, prehistoria
–Dijo hace años en una entrevista que “el mercado literario ha matado la literatura”.
–Sí, Harry Potter es como opio para las masas. Hoy en día, gran literatura hay muy poca. Tal vez Pynchon, Saul Bellow... Pero ésos son nombres ya antiguos, y de los nuevos hay muy pocos. Es más fácil ser poeta, puesto que ahora para eso no hace falta ni siquiera sentido.

–¿Qué opina de internet y de las nuevas tecnologías?
–Internet, como cada nueva tecnología, tiene sus ventajas y desventajas. Si mi secretario necesita ponerse en contacto con mi representante en Hollywood lo hace en cinco minutos. Pero a través del correo electrónico nos llegan enormes cantidades de basura y todavía no existe ninguna manera eficaz de filtrarlo. Para mí el secretario es como un filtro de protección.

–Un filtro humano, no tecnológico.
–Si no fuera por él, ¡me volvería loco! En internet tengo una página web polaca y una americana, hay muchos chats, y yo no soy capaz de verlo todo, de leerlo todo. Nadie dispone de tanto tiempo. Sólo un niño se entusiasmaría con una montaña de chocolate.

–Como lector, ¿cuáles son sus influencias?
–Ninguna.

–Me refiero a cuando empezaba a escribir.
–¡Dios mío! Yo empecé en el 45, eso es ya prehistoria.

–Se ha hablado de Lem en relación con Borges, Italo Calvino, Anthony Burgess o Torrente Ballester. ¿Se siente usted cómodo en esta compañía?
–Claro, ¿y por qué no me iba a sentir cómodo? Cada uno trabaja en su galaxia.

–¿Hay otros maestros contemporáneos, o no contemporáneos, con los que se sentiría más a gusto?
–Hoy en día no tengo relaciones profundas con otros escritores. La mayoría de los escritores con los que estaba en contacto ya han muerto.

–Muchas de sus grandes obras, Solaris, El invencible, La voz de su amo, contienen enigmas sin respuesta, misterios impenetrables. He tenido discusiones con amigos sobre libros suyos, en concreto, sobre La investigación. Jesús Urceloy me dijo que el secreto del libro, la clave, estaba en una conversación entre el estadístico y el policía, pero yo, personalmente, no vi ninguna clave.
–Yo tampoco. Es como en los sueños: cuando sueñas con algo, tú mismo no sabes de dónde ha venido ese sueño, cómo explicarlo. Es algo que no se sabe, si se supiera, entonces se podría escribir la explicación.

–Hay otros escritores, Borges por ejemplo, que traman laberintos y dejan entrever una grieta, una solución. Sin embargo, sus libros parecen laberintos perfectos, impenetrables, sin salida. Laberintos no humanos. Parafraseando a Borges: no hechos por hombres ni destinados a que los descifren los hombres.
–Cada uno construye los laberintos que sabe construir.

Clases de laberintos
–¿Son esos laberintos algo así como imágenes del caos?
–Nunca diría que todos los libros que he escrito durante tantos años tienen un solo significado. Cada uno va desarrollándose, y cuando cambia, todo alrededor va cambiando también. Cincuenta años escribiendo son muchos años.

–Sin embargo, algunos pasajes de sus libros (por ejemplo, la batalla de El invencible, algunas descripciones de Edén) tocan los límites del arte narrativo. Como narrador, usted se mete en terrenos donde no se ha metido nadie. Pienso en la topografía del planeta en Solaris...
–Sí, por eso siempre me han decepcionado las producciones cinematográficas, la última de Soderbergh o la de Tarkovski. En ninguna salieron esas visiones mías. Cada director es como un caballo que quiere llevar el carro en su dirección. Y al final siempre salía un malentendido. Ya no me hace ilusión que hagan adaptaciones cinematográficas de mis obras. Tendría que haber afinitas, un entendimiento, una unión espiritual entre el escritor y el director de cine, para evitar esos malentendidos. La versión americana me ha parecido muy mala. Yo no quería que hicieran la película, pero me convencieron de que debía dejar que probaran una vez más. Me decían que ese joven director americano lo iba a hacer mejor.

–Hablando de malentendidos, ¿qué le pasó con Philip K. Dick?
–Aquello ocurrió porque él en aquel momento estaba tomando muchos alucinógenos. Escribí un artículo sobre su obra y le invité a venir a Polonia, pero Dick pensó de repente que yo no existía, que había algo así como un comité llamado Lem que intentaba secuestrarle y que le deseaba todo lo peor... Dick estaba muy mal de la cabeza.

–En aquel artículo (“Un visionario entre charlatanes”) decía que Ubik le había gustado mucho.
–Sí, sí, naturalmente.

–¿Hay otros libros de Dick, aparte de Ubik, que le gustaran?
–Era un escritor muy irregular, tenía libros muy buenos y otros mediocres. Eso dependía mucho de la cantidad de drogas que tomara.

–¿Qué otros escritores de ciencia-ficción le han interesado?
–Dick me ha parecido el más original de todos.

–Hubo una época en la que su nombre estaba al lado de Bradbury y de Asimov, como el contrapeso, digamos, de la ciencia-ficción anglosajona. ¿Cuál fue su relación con Bradbury, con Clarke , con Asimov?
–Ninguna. Creo que los rusos, los hermanos Arkadij y Boris Strugaccy, han sido mejores.

Comunicación imposible
–En casi todas sus obras los seres humanos no pueden comprender a los seres extraterrestres, pero, al parecer, tampoco los seres humanos son capaces de comprenderse entre sí. ¿Es la comunicación imposible?
–No sólo en mis libros, fíjese en la política: el extremismo islámico contra el mundo occidental, Europa contra América... Los americanos en Iraq son como niños en un desierto. ¿De qué tipo de entendimiento podemos hablar? El mundo hoy es muy cruel. Mire –me dice, enseñándome la portada de una revista alemana donde sale la fotografía de uno de los cadáveres plastinados de Gunther von Hagens–, fíjese en este “doctor Muerte” que presume de hacer obras de arte con cadáveres.

–Es curioso, porque usted en Un valor imaginario escribió un cuento, una reseña ficticia sobre un artista que exponía obras de arte que, en realidad, eran radiografías. La realidad siempre va más allá.
–Sí. Hay que esforzarse bastante para prever lo que puede traer la realidad.


David TORRES