Vamos ahora a remontarnos hacie el pasado de la
CF. La obra que de alguna manera inaugura el género es Frankenstein,
de Mary Shelley, publicada en 1818. El credo subyacente al texto es
explicitado por la autora en el prefacio, fechado en 1817: “El
hecho que fundamenta esta narración imaginaria -comienza-
ha sido considerado por el doctor Darwin y por otros escritores
científicos (“physiological writers” en el
original) alemanes como perteneciente, hasta cierto punto, al campo
de lo posible. No deseo que pueda creerse que me adhiero por completo
a esta hipótesis; sin embargo, al basar mi narración sobre este
punto de partida, no pienso haber creado, tan sólo, un
encadenamiento de hechos terroríficos concernientes por entero al
orden sobrenatural” (edición
castellana de Bruguera, 1984).
Como se sabe, Frankenstein no es el monstruo, la
criatura artificial, sino el doctor que lo construyó uniendo retazos
de cadáveres. En la novela el supuesto fundamento científico
aparece claramente esbozado en el relato del doctor Frankenstein:
"Sin duda algún milagro posibilitó mi descubrimiento, pero
las etapas que recorrí en mi investigación fueron determinadas
sistemáticamente y siempre estuvieron situadas dentro de lo
verosímil. Tras jornadas enteras de inimaginable trabajo, había
logrado, al precio de una fatiga insoportable, penetrar en los
secretos de la generación y de la vida… Era ya posible para mí
dar vida a una materia inerte”.
Pero nunca aparece dentro de la novela la parafernalia de
instrumentos y aparatos eléctricos que suele asociarse a la creación
del monstruo Frankenstein: eso no surge del texto literario, sino de
sus muchas adaptaciones cinematográficas. Es
decir, la novela no explica el procedimiento con que se dio vida al
monstruo: el saber generador de “un
extraordinario poder” aparece vinculado al secreto. Isaac Asimov
señaló que “los tejidos muertos resucitados de Shelley se basaban
en el descubrimiento que había hecho veinte años antes el
anatomista italiano Luigi Galvani, de que una descarga eléctrica
hacía a los músculos muertos contraerse como si estuvieran vivos”.
Como dice en el prefacio, la influencia habría llegado a ella a
través de la obra de Erasmo Darwin, abuelo de Charles, quien
sostenía que por medio de la galvanización podía dar vida a
cuerpos inertes.
La única alusión a la electricidad como fuente
de vida figura en el prólogo. En la novela apenas se sugiere la
fascinación del doctor Frankenstein con la tormenta. Si bien es
durante una noche borrascosa que cobra vida la criatura, la relación
entre uno y otro hecho no se explicita en el texto. La imagen de un
rayo transmutado en energía vital proviene de las posteriores
adaptaciones cinematográficas de la obra. El primer film basado en
la novela es de 1910 y, si bien fue producido por la Edison
Kinetogram Company, la creación del monstruo se produce en una
tinaja hirviente, a la manera de la vieja alquimia. Es la segunda
versión, dirigida por James Whale en 1931, la que introduce la
famosa y replicada escena del laboratorio abierto a la noche para
absorber los rayos del cielo y darle vida a un ensamblado de
cadáveres. En el imaginario colectivo -no así en la novela-
el monstruo es animado por la energía eléctrica proveniente de la
naturaleza, a través de la captación y la transmisión de la
descarga del rayo. Este añadido a la versión original denuncia la
recuperación del relato en el siglo XX y su inserción en el linaje
naciente de los robots.