sábado, 4 de agosto de 2012

La memoria alterada

El lanzamiento de una nueva versión cinematográfica de El vengador del futuro ratifica el rol clave y casi profético de P. K. Dick. La película, la original (1990) y esta remake, se basan en “We Can Remember It for You Wholesale”, un cuento de Dick publicado en 1966. El meollo del relato, al menos desde nuestra perspectiva, está en cómo la intromisión de la máquina informática en el cuerpo humano reconstruye la relación del hombre con lo que se entiende como real, así como con su propia conciencia. En este caso, la interiorización de los dispositivos artificiales genera alteraciones mnemónicas, afecta la construcción de la realidad pasada. Al alterar la memoria, el artefacto narrado por Dick pone en cuestión al acopio de la identidad individual, al núcleo de la singularidad del sujeto.
El protagonista del relato es Douglas Quail, un hombre de vida aparentemente sencilla que desea viajar a Marte, pero no tiene los recursos necesarios para pagar el costoso viaje. Recurre entonces a los servicios de una empresa privada, Rekal Inc., dedicada a una suerte de industria mnemotécnica, a la comercialización de recuerdos ficticios, simulados. Lo que quiere comprar, entonces, es el recuerdo de haber realizado un viaje a Marte como un agente secreto. El dispositivo que permite eso es una “memoria extra-fáctica” que se implanta dentro de la cabeza de los hombres y se conecta con el cerebro. El texto de Dick no precisa detalles de producción del artefacto ni sobre su funcionamiento, aunque podría suponerse que opera parasitando los impulsos eléctricos del sistema nervioso. Sí se detalla que se trata de una memoria programada, es decir, cargada con los datos que luego serán el contenido de los recuerdos. La “memoria extra-fáctica” injertada no es operada ni manejada por comandos de ningún tipo. La interfaz consiste en una imbricación directa entre el artefacto y el cerebro; la interfaz deja de ser tangible y tampoco es ya simbólica -verbal o gestual-, como era en la CF previa a la interiorización de la máquina, antes de la consumación del cyborg y las tecnologías de la hibridación. Es que la noción de interfaz supone discontinuidad: entidades diversas -como un ser humano y una máquina- interaccionan estableciendo relación desde determinadas superficies de contacto -las interfaces-. En el imaginario de la tercera CF, la información genera un patrón de continuidad que incluye al ser humano, a la máquina, al universo todo; no hay discontinuidad, no hay interfaz -no, al menos, en el sentido en que se la entendía hasta entonces-.
En el relato de Dick, la información pasa de la memoria artificial al órgano cerebral y se integra a la conciencia. No hay mediación en la transmisión, no hay ruido en la comunicación. Lo que está primando como imaginario es la noción de que son homologables máquinas artificiales y organismos biológicos, porque ambos son entidades que procesan patrones informáticos. Con la representación de un implante de memoria, la analogía se particulariza a los circuitos cerebrales y los circuitos electrónicos; por eso, la “memoria extra-fáctica” se inserta sin colisión en una red neuronal humana. Desde esta perspectiva, el cuerpo humano deviene una prótesis circunstancial y la conciencia, un epifenómeno. Ambos serían subproductos de un programa informático, abstracto y desencarnado, que tanto puede ser instalado en una máquina como en un hombre.