El
lanzamiento de una nueva versión cinematográfica de El
vengador del futuro ratifica
el rol clave y casi profético de P. K. Dick. La película, la
original (1990) y esta remake, se basan en “We
Can Remember It for You Wholesale”, un cuento de Dick publicado en
1966. El
meollo del relato, al menos desde nuestra perspectiva, está en cómo la
intromisión de la máquina informática en el cuerpo humano
reconstruye la relación del hombre con lo que se entiende como real,
así como con su propia conciencia. En este caso, la interiorización
de los dispositivos artificiales genera alteraciones mnemónicas, afecta la construcción de la realidad pasada. Al
alterar la memoria, el artefacto narrado por Dick pone en cuestión
al acopio de la identidad individual, al núcleo de la singularidad
del sujeto.
El
protagonista del relato es Douglas Quail, un hombre de vida
aparentemente sencilla que desea viajar a Marte, pero no tiene los
recursos necesarios para pagar el costoso viaje. Recurre entonces a
los servicios de una empresa privada, Rekal Inc., dedicada a una
suerte de industria mnemotécnica, a la comercialización de
recuerdos ficticios, simulados. Lo que quiere comprar, entonces, es
el recuerdo de haber realizado un viaje a Marte como un agente
secreto. El dispositivo que permite eso es una “memoria
extra-fáctica” que se implanta dentro de la cabeza de los hombres
y se conecta con el cerebro. El texto de Dick no precisa detalles de
producción del artefacto ni sobre su funcionamiento, aunque podría
suponerse que opera parasitando los impulsos eléctricos del sistema
nervioso. Sí se detalla que se trata de una memoria programada, es
decir, cargada con los datos que luego serán el contenido de los
recuerdos. La “memoria extra-fáctica” injertada no es operada ni
manejada por comandos de ningún tipo. La interfaz consiste en una
imbricación directa entre el artefacto y el cerebro; la interfaz
deja de ser tangible y tampoco es ya simbólica -verbal o gestual-,
como era en la CF previa a la interiorización de la máquina, antes
de la consumación del cyborg
y las tecnologías de la hibridación. Es que la noción de interfaz
supone discontinuidad: entidades diversas -como un ser humano y una
máquina- interaccionan estableciendo relación desde determinadas
superficies de contacto -las interfaces-. En el imaginario de la
tercera CF, la información genera un patrón de continuidad que
incluye al ser humano, a la máquina, al universo todo; no hay
discontinuidad, no hay interfaz -no, al menos, en el sentido en que
se la entendía hasta entonces-.
En el relato de Dick, la información pasa de la memoria artificial
al órgano cerebral y se integra a la conciencia. No hay mediación
en la transmisión, no hay ruido en la comunicación. Lo que está
primando como imaginario es la noción de que son homologables
máquinas artificiales y organismos biológicos, porque ambos son
entidades que procesan patrones informáticos. Con la representación
de un implante de memoria, la analogía se particulariza a los
circuitos cerebrales y los circuitos electrónicos; por eso, la
“memoria extra-fáctica” se inserta sin colisión en una red
neuronal humana. Desde esta perspectiva, el cuerpo humano deviene una
prótesis circunstancial y la conciencia, un epifenómeno. Ambos
serían subproductos de un programa informático, abstracto y
desencarnado, que tanto puede ser instalado en una máquina como en
un hombre.